Diario de un optimista. Auschwitz, el último juicio

19/Mar/2015

Enlace Judío, Por GuySorman

Diario de un optimista. Auschwitz, el último juicio

Setenta años después de que ocurrieran los
hechos, ¿tiene sentido inculpar a un hombre de 93 años por crímenes contra la
humanidad? Sí, según lo que acaba de decir el juzgado alemán de Detmold, en
relación con un antiguo guardia de la SS del campo de exterminio de Auschwitz.
Al inculpado, cuya identidad no se ha divulgado de momento, se le acusa de
haber contribuido al exterminio de 170,000 víctimas.

El guardia de la SS, según su abogado, se
encontraba en efecto en Auschwitz, ciudad que actualmente pertenece a Polonia,
pero no estuvo implicado en las muertes. El juicio que deberá celebrarse a
continuación, probablemente el último contra un guardián de un campo nazi, va a
suscitar preguntas mil veces repetidas pero que siguen sin tener respuesta.

Y tampoco importa el destino final de este
anciano: es su procesamiento el que es deseable, al mismo tiempo una lección de
historia y una lección de moral que arroje luz, si ello es posible, tanto sobre
el futuro como sobre el pasado.

Sobre el pasado, el juicio volverá a plantear
la pregunta de lo que se conoce como la singularidad del holocausto. ¿Fue el
Holocausto un acontecimiento único en la historia o un genocidio “como los
demás”? Y si fue algo único, ¿por qué lo fue? ¿Porque D-os lo quiso así o
porque, por primera vez en la historia, la eficacia industrial se puso al
servicio de un genocida, a diferencia de lo sucedido, por ejemplo, en la
masacre de los armenios de Turquía en 1915 o durante la de los tutsis a manos
de los hutus en 1994? También habrá que preguntarse, una vez más, por el
significado del campo de Auschwitz: ¿su finalidad era exterminar a los judíos siguiendo
un método industrial o, más probablemente, deshumanizarlos antes de matarlos?

Evidentemente, el guardia de 93 años no
responderá a estas preguntas pero, al menos, podremos planteárselas. También
nos preguntaremos por la responsabilidad personal de este agente. ¿Responderá,
como sistemáticamente lo hizo Adolf Eichmann durante su enjuiciamiento en
Jerusalén en 1961, que él se limitaba a “obedecer órdenes” y que, al ser una
pieza más de un engranaje burocrático, él no se consideraba culpable ni responsable?

En el transcurso del juicio contra Eichmann,
se descubrió que, lejos de obedecer órdenes, más bien él las había dado. Su
defensa consiguió, por desgracia, convencer a la filósofa Hannah Arendt de lo
que ella llamaría la banalidad del mal: en cierto sentido, ella absolvía a
todos los ejecutores del nazismo. Engañada por Eichmann, Hannah Arendt avaló
también el juicio de Núremberg en 1945, cuando solo fueron acusados, condenados
y ejecutados una docena de los más altos dirigentes nazis; todos los demás, los
que sólo habían “obedecido órdenes”, recuperaron en la nueva República Federal
una existencia normal, sin remordimientos aparentes y puede que, incluso, sus
antiguos empleos en las empresas y las administraciones.

¿Por qué, deberemos preguntarnos en el
transcurso de este último juicio, Alemania no fue “desnazificada” en 1945 y
debería serlo ahora? ¿Será porque los ocupantes occidentales de entonces y el
Gobierno de Konrad Adenauer necesitaban burócratas competentes para hacer que
funcionara una nueva Alemania anticomunista? ¿O será porque el estudio del
nazismo y los trabajos de los historiadores han demostrado, desde entonces, que
más allá del acatamiento de las órdenes, muchos alemanes participaron en el
Holocausto de buen grado y sin mala conciencia? Y si tantos alemanes
exterminaron a tantos judíos con eficacia y serenidad, ¿cómo explicar este
comportamiento aun cuando los judíos de Alemania eran tan poco numerosos, unos
200,000, se consideraban a sí mismos completamente alemanes y no representaban
ninguna amenaza para el Tercer Reich? A esta pregunta tal vez pueda responder
el acusado, puesto que tiene que ver con la voluntad y la conciencia
personales.

En última instancia, a lo que nos enseñará
este juicio- a la espera de que se celebre- será a trazar una frontera entre la
obediencia al Estado y el imperativo moral de rebelarse contra ese Estado. ¿En
qué punto es imperativo pasar de la obediencia a la insumisión y después a la
resistencia y a la revolución? Auschwitz, como he dicho, tuvo la función de
deshumanizar a las víctimas pero, viendo las cosas con perspectiva, a los
verdugos que salieron vivos de ello, ¿no se los deshumanizó más que a sus
víctimas convertidas en cenizas?

Eso nunca más, dijimos tras lo de Auschwitz.
Pero “eso” está ahí, sigue merodeando por el Tíbet, por Siria, por Libia, por
Egipto, por Iraq: se extermina a los pueblos por ser quienes son y creer en lo
que creen. Este último juicio será, por tanto, el juicio de “eso” que no tiene
nombre ni forma. Lo que me lleva a recordar una anécdota personal relacionada
con la historia de los genocidas. En 1995, estando en Sarajevo, le pregunté al
Imán de la gran mezquita cómo era posible que bosnios, serbios y croatas, que
llevaban siglos cohabitando en aquel lugar, de repente hubiesen empezado a
exterminarse los unos a los otros. “He reflexionado mucho sobre eso”, me dijo
el imán, “y he encontrado al culpable: el genocidio es obra del diablo”. Esta
explicación es la más racional que jamás he tenido la ocasión de escuchar en
relación con “eso”.